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El funcionario de la administración colonial francesa que había estado cuidando a sus dos hijos en el sillón contiguo al de William se puso prestamente en pie. Era la primera vez en ese día que se veían cara a cara, de modo que se estrecharon la mano y comentaron el calor que estaban sufriendo. William había podido comprobar que cada mañana había que estrechar la mano de todos los demás pasajeros.

– ¿Y la señora?

– Se lo pasa muy mal. Veo que usted sigue estudiando el mapa de Ismailía… –Se volvieron juntos y bajaron la escalera que conducía al comedor; el funcionario sujetaba en cada mano a uno de los tambaleantes críos– Es un país sin el más mínimo interés.

– ¿Ah, sí?

No es en absoluto rico. Si fuera rico ya pertenecería a Inglaterra. ¿Por qué quieren ustedes conquistarlo?

– Yo no tengo ningún interés por hacerlo.

No tiene petróleo, no tiene aluminio, no tiene oro ni hierro… Nada de nada –dijo el funcionario, mostrándose cada vez más enojado ante semejante idea– ¿Qué quieren hacer con él?

– Yo voy allí como periodista.

– Ah, bueno. Para los periodistas no hay países pobres.

Estaban solos en su mesa. El funcionario colocó cuidadosamente la servilleta en torno a su cuello, sujetó el extremo inferior de la faja de su traje de etiqueta y se puso un niño encima de cada rodilla. Siempre se instalaba así para las comidas, y llenaba exageradamente a los dos críos, alternativamente, utilizando para ello la comida de su propio plato. Limpió el vaso con el mantel, metió unos cubitos de hielo, y lo llenó del rasposo vino granate que servían gratis con la comida. La niña tomó un buen trago.

– Es magnífico para el estómago de los niños –dijo el funcionario, volviendo a llenarlo para el chico.

En aquella mesa había tres plazas sin ocupar. La de la esposa del funcionario, la del capitan y la de la esposa del capitán.

Estos dos últimos se encontraban en el puente, dirigiendo la descarga. El capitán llevaba una vida desvergonzadamente familiar; la mitad de la cubierta del buque le estaba reservada; en sus habitaciones se veía a través de las portillas una enorme cama de latón y gran cantidad de mobiliario inapropiado para la vida marinera.

La esposa del capitán había acotado para su uso personal una zona de la cubierta adornada con macetas de palmeras y alambres donde tendía a secar prendas recién estrenadas de ropa interior. Solía pasarse el día ahí, cosiendo, planchando, entrando y saliendo de su casita de cubierta en zapatillas planas, armada de un plumero, o emergiendo con frecuencia envuelta en un denso aura de perfume asiático para cenar en el salón; un diminuto perro pelón brincaba a sus pies.

Pero una vez en los puertos siempre estaba al lado de su esposo, saludando educadamente a los agentes de la naviera y a los inspectores de sanidad, y organizando el contrabando a pequeña escala.

– Y en el supuesto de que en Ismailía hubiera petróleo –dijo el funcionario, reanudando la conversación que le había ocupado ininterrumpidamente desde la primera noche de viaje– ¿cómo pretenden sacarlo?

A mí no me interesa el comercio. Voy a informar sobre la guerra.

La guerra no es más que comercio.

El dominio que William tenía del francés apenas le servía para tratar de informaciones generales y saludar cortésmente, no servía para sostener una discusión delicada, de modo que ahora, al igual que en las demás comidas, permitió que el francés se saliera con la suya, contestó con un “peut-etre“, que confiaba que fuera una versión francesa del escepticismo, y desvió su atención al plato que tenía ante sí.

¡Noticia bomba! Evelyn Waugh. Páginas 80 y 81.

Este texto, absolutamente contemporáneo, fue publicado en 1938 por un escritor británico. Las negritas son mías. La ironía que despliega durante este fragmento se repite a lo largo de una novela imprescindible para entender lo que pasa AHORA.

Porque los ejemplos de doble moral están a la orden del día. No es lo mismo Libia que Costa de Marfil. Los muertos no valen lo mismo ni producen la misma reacción en la comunidad internacional. Tampoco es lo mismo que un mandato de Naciones Unidas sea incumplido por Israel que por Irán. Por China que por Estados Unidos.

Siempre hay buenos y malos. O eso nos hacen creer. Siempre hay motivos para una guerra, o eso nos dicen. Siempre podemos justificar las muertes, si somos nosotros los que bombardeamos.

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Escribo sobre la marcha, mientras Andreu Buenafuente habla en su programa con Ana Pastor, protagonista involuntaria de los últimos días.

Y escribo como homenaje. No pude ver en directo la entrevista que la conductora de Los Desayunos le hizo al Presidente de Irán el pasado martes, pero he seguido muy de cerca sus consecuencias y tenía muchísimas ganas de conocer sus impresiones.

Ha empezado por lo obvio, pero fundamental: Los periodistas no son los protagonistas. Ni pañuelo en la cabeza ni nada. Interesan las palabras de Mahmud Ahmadineyad. Simplemente.

A partir de ahí, si ya admiraba a Ana Pastor, desde hoy me declaro fan incondicional de esta magnífica profesional.

La primera pregunta ha sido la que nos hacemos todos: ¿Cómo consiguió la entrevista? Pues todo ha sido relativamente sencillo. Se molestó en solicitarla. “Tenía que intentarlo”, ha dicho. Ella es la primera sorprendida. La casualidad o el buen trabajo a veces se confunden.

Y además, ha sido modesta. No ha parado de agradecer a sus compañeros del programa las facilidades que le han puesto. Una labor de equipo que ha querido reconocer.

Dos personas se desplazaron junto a Ana Pastor hasta Teherán, y se la jugaron igual o más que ella. El territorio era hostil y las dificultades máximas.

Cuenta que antes de entrar en directo, su regidor dijo: “Tres, dos, la policía ha tomado Teherán, uno, ¡dentro!”. A continuación, fue desalojado de la sala. La periodista y sus preguntas frente a frente con uno de los personajes más inaccesibles del planeta.

Como quién más o quién menos habrá visto los momentos estelares de la entrevista, me quedo con un detalle. Dice que el líder iraní la miró siempre a los ojos durante sus respuestas. No siempre pasa, aclara.

Ha situado a Iñaki Gabilondo como su referente, ha hablado del mundo en el que quiere que viva su hijo, y sobre las revueltas árabes ha pronunciado una de las frases más inteligentes que he escuchado en los últimos tiempos: “La libertad, una vez que la hueles cerca, es IMPARABLE”.

Ojalá tenga razón.

Ha comentado que vivimos un momento importante, que estamos inmersos en una tensión informativa singular, pero su deseo es sencillo: “Me gustaría dar alguna buena noticia de vez en cuando”.

Defiende sobre todas las cosas a Radio Televisión Española. Pone como ejemplo la entrevista del pasado martes. Cree en este proyecto de televisión pública. Yo también.

¡¡Grande, Ana!!

Cuando leo las crónicas que los corresponsales españoles mandan desde Túnez, Egipto, Irán, China, Libia, o Japón, más recientemente, entiendo el nivel del Periodismo en España: Los buenos están fuera. Los malos nos quedamos aquí, muriéndonos de envidia.

En varias ocasiones he escrito sobre Enric González o sobre Gervasio Sánchez, dos referentes. Es imperdonable que a estas alturas no lo haya hecho de Manu Leguineche, el padre de todos los corresponsables españoles, o de Ryszard Kapuściński, el gurú del periodismo de trinchera.

Pensando en todo esto me he acordado de un libro que se titula ‘Seguiremos informando, y que tal y como explica en el inicio, recopila a lo largo de sus páginas, historias, crónicas o reportajes elaborados por periodistas apasionados con lo que hacen, enamorados de su profesión, poniendo todos sus sentidos y absorbiendo cada instante, por muy crudo y peligroso que sea, para trasladárselo a lectores, oyentes o telespectadores.

Dicen con acierto que estos profesionales del medio tienen en común el haber sido ganadores del Premio de Periodismo en memoria de Cirilo Rodríguez, y sobre todo, que aunque quizá no estén todos, la representación es extraordinaria, y con la idea común de que con el trabajo que han elegido están defendiendo la esencia del Periodismo.

Además de alguno de los mencionados, en este libro se pueden leer textos magníficos escritos por Rosa María Calaf, Evaristo Canete, Fernando Jaúregui, Ander Landaburu, Enrique Meneses, Arturo Pérez-Reverte, Javier del Pino o Fran Sevilla.

Para tenerlo en la mesita y repasarlo cada poco tiempo.

Lo mejor de todo: Que sigan informando.