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La voz dormidaLa voz dormida es otra película española que habla de la Guerra Civil. Además, y como pasa siempre, la adaptación cinematográfica es mucho peor que la obra literaria original. Es una cinta oscura, excesivamente lacrimógena, que busca hacer sentir mal al espectador desde el primer minuto. Si vas a verla, lleva pañuelos de papel y prepárate para escuchar a tu alrededor un concierto de suspiros, sollozos y sonar de mocos.

Hasta aquí los tópicos, porque si dejamos a un lado los recursos cinematográficos del director Benito Zambrano podremos establecer las prioridades y reconocer en su justa medida la fuerza de una historia que hace pensar.

La realidad es que la simple presencia de María León en pantalla y su interpretación de la Pepita tierna, ingenua y humilde que escribió Dulce Chacón en su libro merece la pena. Su mirada despierta, su inocencia y su generosidad brillan en un papel que la convierte en una heroína anónima y en una de las grandes sorpresas de la cartelera actual. Sus apariciones permiten tomar aire en una película pensada para que el público no encuentre motivos para la esperanza.

Me quedo con la actriz sevillana y con la potencia del relato. Una palabra que está de moda y que nos sirve para recordar que siempre hay vencedores y vencidos. Algunas de las personas con las que compartí sala peinaban canas y dignidad. Más de uno no pudo reprimir sus insultos hacia los personajes más detestables de la trama. Salieron del cine con los ojos rojos y el corazón encogido. La memoria histórica en pleno centro comercial y la impotencia del que sabe que, en la ficción y en la vida, ganan los malos.

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– Yo soy coleccionista a pequeña escala –dijo Corker–. Ese es uno de los motivos por los que me alegró que me enviaran a informar sobre esta noticia.

Seguro que encontraré por allí un montón de cosas útiles. Pero, por lo que he oído contar, va a ser una tarea difícil. Habrá una competencia asesina.

En esto sí que le envidio. Es una suerte trabajar para un diario. No tiene que preocuparse por nada que no sea tener su crónica a punto para la primera edición. Los demás tendremos que pasarnos el día haciendo carreras, tratando de adelantarnos a ustedes.

– ¿Por qué? Los diarios no pueden imprimir sus crónicas antes, porque no hay ediciones anteriores a la primera.

– No, pero suelen publicar la primera que les llega.

– Ya, pero, ¿y si dice exactamente lo mismo que la que llega en segundo lugar, y que la tercera y la cuarta… y todas llegan a tiempo para la misma edición?

Corker le dirigió una mirada entristecida.

– Sabe una cosa, todavía le queda mucho que aprender sobre periodismo. Mírelo de este modo. Una noticia es aquello que le interesa a un tipo al que nada le importa apenas. Y sólo es noticia hasta el momento en que lo ha leído. Después ya no lo es.

A nosotros nos pagan por dar noticias. Si un colega ha enviado la noticia antes que nosotros, la nuestra ya no lo es.

Naturalmente, queda la nota de color. Los reportajes con una nota de color no son más que mucho alboroto por nada. Son fáciles de escribir y fáciles de leer, pero como cuestan muy caros de telégrafo, no podemos enviar más de la cuenta. ¿Entiende?

Durante esa tarde Corker le explicó a William muchos detalles acerca del oficio de periodista.

El Francmaçon levó anclas, avanzó balanceándose por entre colinas de tono ocre, cruzó el estrecho y salió a mar abierto mientras Corker seguía contando las leyendas heroicas de Fleet Street.

Se refirió a los ejemplos clásicos de primicias mundiales y grandes mistificaciones; a las confesiones arrancadas por la fuerza a sospechosos histéricos, a las indirectas y complicadas tergiversaciones, a los inventos lujosamente detallados que formaban la historia contemporánea; a las mentiras atrevidas con las que ciertos tipos habían conseguido subir de categoría

Le contó de qué modo Wenlock Jakes, el periodista mejor pagado de los Estados Unidos, se adelantó a todo el mundo con un sensacional notición el día en que escribió un testimonio presencial del hundimiento del Lusitania, cuatro horas antes de que lo alcanzaran los torpedos; y cómo Hitchcock, el Jakes de la prensa británica, consiguió hacer una crónica diaria de los horrores del terremoto de Mesina sin salir de su despacho de Londres; y de cómo él mismo, Corker, hacía apenas tres meses, había tenido la extraordinaria fortuna de encontrarse con la viuda de un aristócrata con un pie atrapado en un ascensor.

– Fue gracias a eso que me han enviado aquí –dijo Corker–. El jefe me prometió que me daría la primera gran oportunidad que apareciera. Jamás se me hubiera ocurrido que sería esta.

¡Noticia bomba! Evelyn Waugh. Página 88.

– ¿Lo entiende ahora? — dijo Corker–.

–  Creo que sí.

– Nos ha jugado una mala pasada en nuestras propias narices. Ya sabía yo que nos crearía problemas.

– Pero, de hecho, ese hombre es un funcionario del ferrocarril. Esta mañana lo he visto en la taquilla cuando he ido a preguntar por el equipaje.

– Claro que lo es. Pero, ¿de qué nos sirve eso a nosotros? Shumble ya ha difundido la noticia. Ahora no nos queda más remedio que encontrar a un agente soviético o inventarnos lo que sea.

O explicar que se trata de una confusión.

– Muy arriesgado, amigo, y muy poco profesional. Eso puedes hacerlo una o dos veces, cuando te encuentras en una situación verdaderamente de emergencia, pero no compensa. No les gusta publicar desmentidos.

Es lógico. Destruye la confianza que la gente ha depositado en la prensa. Además, da la sensación de que no estamos trabajando bien. Sería demasiado fácil que cada vez que un tipo consigue una exclusiva sensacional, los demás la desmintieran.

Y tengo que reconocer que Shumble ha sido muy listo. La idea era magnífica, aunque la barba le ha sido de gran ayuda. Seguro que se me hubiera ocurrido a mí de no haber estado tan fastidiado por lo del equipaje.

Otros periodistas se amontonaban a su alrededor reclamando sus telegramas. Corker fue entregándoselos a regañadientes. No había tenido tiempo de abrir el de Pigge.

– Toma hermano –le dijo–. Te lo he guardado. Algunos de estos tipos pretendían leerlo antes que tú.

– No me digas –replicó Pigge con frialdad–. Pues bien, si quieren verlo, aquí está.

Era como todos los demás: DÍCESE MISIÓN BOLCHEVIQUE ASUME CONTROL. INFORME URGENTEMENTE.

La cacería ya estaba en marcha. Aquel día nadie tuvo tiempo de almorzar. Estaban todos buscando rusos.

¡Noticia bomba! Evelyn Waugh. Página 128.

Acabó ayer una semana nefasta, en lo personal y en lo profesional. Una semana cargada de malas noticias. Una semana ni santa, ni leches, y en la que mi actitud ha estado muy cercana a la escena que podéis ver en el vídeo que acompaña este artículo.

Un fragmento de la película ‘Network’, que sirvió de cierre para el taller ‘Construcción de Redes Sociales a través de la Web 2.0’ y que impartió Juan José Cacho dentro de la programación de la Escuela de Jóvenes Líderes para el Cambio.

Una cinta grabada en 1976, cargada de premios, y que se ajusta como un guante a lo que estamos viviendo hoy en día. Muy en la línea de dos fenómenos literarios entrelazados.

Hablo por un lado de ese audaz ‘¡Indignaos!, escrito por el venerable diplomático francés de 93 años Stéphane Hessel, y que se ha convertido en un alegato de movilización destinado a la juventud, que insta a abandonar la indiferencia en estos tiempos adversos.

Hessel se muestra indignado por la absoluta decadencia actual, se pregunta cómo es posible que con las circunstancias del pasado, tras la Segunda Guerra Mundial, se pudiera crear una sociedad relativamente justa a pesar de la precariedad, y hoy, con la abundancia actual, tengamos que tolerar cambios que reducen y tiran por tierra el bienestar obtenido en tiempos mucho más adversos.

Dice, con razón, que Europa está abandonando cobardemente los sólidos principios conseguidos para conciliar la libertad y la igualdad, la economía y una sociedad justa. En esta situación, la ciudadanía no debe callar, la casta política no está a la altura de las necesidades actuales, opina.

El otro libro al que quería hacer mención es ‘Reacciona. 10 razones por las que debes actuar frente a la crisis económica, política y social.

Está prologado por Hessel, y en sus casi 180 páginas leemos las reflexiones de un grupo heterogéneo de profesionales de distintos ámbitos de la vida pública de nuestro país, como son José Luis Sampedro, Javier Pérez de Albéniz, Javier López Facal, Carlos Martínez, Ignacio Escolar, Rosa María Artal, Àngels Martínez i Castells, Juan Torres López, Baltasar Garzón, Federico Mayor Zaragoza, o Lourdes Lucía.

La idea común es la necesidad de tomar postura y actuar, de concienciarnos y despertar. Todavía hay esperanza, dicen, hay soluciones. Defienden que una ciudadanía informada y responsable puede impedir los atropellos. Todos con un mismo rumbo, eso sí, con un objetivo claro: defender la dignidad, la democracia y el bien común.

Ha llegado el momento. El primer paso es reaccionar.

Aprovecharé esta semana de vacaciones “forzosas” para ponerme manos a la obra.

De regreso a casa en el metro, Johan volvió a pensar una vez más en las especiales condiciones de trabajo de los periodistas. Cuando ocurrían los sucesos más terribles, dejaban los sentimientos a un lado y lo primordial era informar.

Predominaba lo profesional, pero no tenía nada que ver con la mentalidad carroñera que algunos les echaban en cara cuando descargaban su ira contra los medios de comunicación.

Johan pensaba que la mayoría de sus colegas, al igual que él, actuaban de este modo movidos por las ganas de informar, sencillamente.

Se trataba de contar lo que había sucedido de la manera más rápida y correcta posible. La responsabilidad de los periodistas era reunir todo el material que pudieran para ofrecer la información más fidedigna.

De vuelta a la redacción, revisaban el material y lo comentaban con el redactor. ¿Qué era relevante emitir y qué no?

Se retiraban las imágenes de los heridos tomadas demasiado cerca, las entrevistas con personas que se encontraban en evidente estado de shock se suprimían, y cualquier cosa que se considerara un atentado contra la integridad se eliminaba.

Cada día surgían nuevas discusiones éticas y detrás de cada reportaje había meticulosas deliberaciones, en especial, en los casos complicados.

Por supuesto, a veces se cometían errores, se difundía un nombre o una imagen que no deberían haberse hecho públicos. Al redactor no siempre le era posible ver los reportajes antes de que se emitieran, porque los márgenes de tiempo eran muy pequeños.

Con todo, la mayoría de la veces las cosas funcionaban debidamente conforme a las normas éticas a las que estaban sujetos los periodistas. Siempre habia algún mal profesional que se pasaba de la raya, claro.

Algunas cadenas de televisión y algunos periódicos habían ido demasiado lejos, pero de momento, sólo eran unos pocos.

Nadie lo ha oído. Mari Jungstedt. Páginas 220 y 221.

¿Realidad o ficción? ¿El mundo ideal? ¿O cómo dicen los títulos de esta saga periodística-poliaca: Nadie lo ha visto, Nadie lo ha oído, Nadie lo conoce?