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La demagogia está de moda. Mentir, manipular y ofrecer datos sesgados son prácticas cada vez más extendidas en los medios de comunicación. La línea editorial es determinante a la hora de elegir qué se cuenta, cómo se hace y con qué objetivo. Las grandes corporaciones audiovisuales han comprometido la poca credibilidad de la que gozamos los periodistas, que somos vistos por los ciudadanos como parte del problema.

Somos responsables de un modelo que no hemos elegido, que sufrimos, pero que no denunciamos lo suficiente. Ante una crisis de tal envergadura, los periodistas callamos porque tenemos que comer cada día, pagar nuestras facturas y vivir lo más dignamente posible. Como todos. Somos culpables por omisión.

Ahora, cuando los recursos del Estado son insuficientes incluso para las necesidades más básicas, está a la orden del día apuntar hacia los presupuestos de los medios públicos, en los que se ha derrochado sin sentido durante décadas. Sin embargo, y aceptando que la financiación y los contenidos que se generan en televisiones y radios públicas son cuestionables, a lo que no debemos renunciar es a la posibilidad de disfrutar del trabajo de unos profesionales que han peleado por ofrecer una información veraz, plural y alejada de sectarismos.

He defendido tantas veces como he creído conveniente la última etapa de Radio Televisión Española. Lo he hecho porque creo que los medios de comunicación privados no pueden garantizar por sí solos el derecho a la información que toda democracia necesita para crecer. Las alternativas son cada vez menores y la competencia por la tarta publicitaria y la lucha por el share alejan a las empresas privadas de la responsabilidad social que deben ejercer.

También las televisiones autonómicas, algunas de ellas paradigma de lo que no se debe hacer, tienen un espacio que cubrir. Se las utiliza como ejemplo de despilfarro y manipulación, no sin motivos, pero de manera injusta para los profesionales que han visto como no podían ejercer su profesión con libertad porque los políticos de turno o los lacayos de estos les tomaban como rehenes. 

Tal vez si los medios de comunicación estuvieran dirigidos por personas preparadas, capaces, libres e independientes no tendríamos que hablar de la financiación de los canales públicos. Se utiliza como excusa la incompetencia de los advenedizos en el sector para cercenar un derecho que es de todos. Se pueden hacer las cosas bien, pero a algunos no les interesa.

En el final de la legislatura que agoniza son pocas las cosas que nos vienen a la mente si queremos destacar los méritos del actual Gobierno, con una crisis que ha sepultado bajo los escombros del Palacio de La Moncloa al presidente Zapatero y a su legión de ministros. Nos acordamos más, con toda lógica, de las rectificaciones, de las meteduras de pata o de las políticas erráticas que han sido la tónica en la gestión del Ejecutivo durante los últimos años.

La vuelta de las tropas de Irak, los buenos modos de lo que se llamó el talante o ideas interesantes, como la puesta en marcha de la Ley de Dependencia, por ejemplo, parecen poco bagaje para un mandatario que ha dirigido España durante más de siete años. La situación económica, el número de desempleados y el futuro incierto al que se enfrenta nuestro país tapan los proyectos que se intuían y que por miedo o incapacidad no se han desarrollado.

De todas formas, en muy poco tiempo podemos ver desmantelados algunos de los avances más importantes de nuestra democracia. No se nos puede olvidar el camino que ha recorrido durante la última etapa la televisión pública, hasta situarse en niveles cercanos a la excelencia, al menos, en el terreno informativo.

Caras nuevas que han actuado con profesionalidad, rigor, seriedad e imparcialidad y que nos han permitido olvidarnos de la época oscura de manipulación descarada que cualquiera reconoce en el rostro –en el sentido más amplio de la expresión- de Alfredo Urdaci.

Faltan poco menos de dos meses para las elecciones generales del 20-N y los movimientos en torno a Radio Televisión Española (RTVE) son cada vez más preocupantes. Parece que se puede producir una rectificación, pero el simple interés del Consejo de Administración del Ente público de manejar y controlar los métodos de trabajo de los profesionales de la casa nos acercan más a los Telediarios del cronómetro en la mano y la censura previa que a la información libre y sin cortapisas que necesita cualquier estado para profundizar en su democracia.

Este verano he tenido muchas alegrías profesionales y magníficas conversaciones sobre Periodismo con algunos periodistas a los que admiro profundamente. Una de esas personas fue Ana Pastor, la directora y presentadora de ‘Los Desayunos’ de TVE, que ya en aquellas fechas sufría duros ataques por parte de destacados dirigentes del Partido Popular.

Después de un enfrentamiento en pantalla con María Dolores de Cospedal, Pastor me aseguraba que el hecho de que la consideren una entrevistadora “incómoda” indica que se están haciendo las cosas bien en su programa, y recordó insistentemente que cuando se sienta a hacer una entrevista no hay amigos, solo existen los protagonistas. De hecho, apuntó acertadamente que la diferencia fundamental en esta etapa de la televisión pública es que los errores son de los trabajadores y no de ningún partido político.

En este sentido, la presentadora admitió que en otras ocasiones TVE fue una tele “más oficial pero menos pública”, e  insistió en la necesidad de reconocer la labor actual de los trabajadores de la casa. Además, Ana Pastor opinaba en aquellos días que las críticas a la tele pública se basan, única y exclusivamente, en argumentos políticos.

La periodista no se quedó allí y apuntó a los futuros responsables. Si Mariano Rajoy y su equipo llegan al poder en los próximos comicios generales, tienen que defender el modelo actual para que los ciudadanos disfruten de unos telediarios “creíbles”.

Ni más, ni menos, aunque mucho me temo que empezamos a vislumbrar nuestros peores augurios.

Escribo sobre la marcha, mientras Andreu Buenafuente habla en su programa con Ana Pastor, protagonista involuntaria de los últimos días.

Y escribo como homenaje. No pude ver en directo la entrevista que la conductora de Los Desayunos le hizo al Presidente de Irán el pasado martes, pero he seguido muy de cerca sus consecuencias y tenía muchísimas ganas de conocer sus impresiones.

Ha empezado por lo obvio, pero fundamental: Los periodistas no son los protagonistas. Ni pañuelo en la cabeza ni nada. Interesan las palabras de Mahmud Ahmadineyad. Simplemente.

A partir de ahí, si ya admiraba a Ana Pastor, desde hoy me declaro fan incondicional de esta magnífica profesional.

La primera pregunta ha sido la que nos hacemos todos: ¿Cómo consiguió la entrevista? Pues todo ha sido relativamente sencillo. Se molestó en solicitarla. “Tenía que intentarlo”, ha dicho. Ella es la primera sorprendida. La casualidad o el buen trabajo a veces se confunden.

Y además, ha sido modesta. No ha parado de agradecer a sus compañeros del programa las facilidades que le han puesto. Una labor de equipo que ha querido reconocer.

Dos personas se desplazaron junto a Ana Pastor hasta Teherán, y se la jugaron igual o más que ella. El territorio era hostil y las dificultades máximas.

Cuenta que antes de entrar en directo, su regidor dijo: “Tres, dos, la policía ha tomado Teherán, uno, ¡dentro!”. A continuación, fue desalojado de la sala. La periodista y sus preguntas frente a frente con uno de los personajes más inaccesibles del planeta.

Como quién más o quién menos habrá visto los momentos estelares de la entrevista, me quedo con un detalle. Dice que el líder iraní la miró siempre a los ojos durante sus respuestas. No siempre pasa, aclara.

Ha situado a Iñaki Gabilondo como su referente, ha hablado del mundo en el que quiere que viva su hijo, y sobre las revueltas árabes ha pronunciado una de las frases más inteligentes que he escuchado en los últimos tiempos: “La libertad, una vez que la hueles cerca, es IMPARABLE”.

Ojalá tenga razón.

Ha comentado que vivimos un momento importante, que estamos inmersos en una tensión informativa singular, pero su deseo es sencillo: “Me gustaría dar alguna buena noticia de vez en cuando”.

Defiende sobre todas las cosas a Radio Televisión Española. Pone como ejemplo la entrevista del pasado martes. Cree en este proyecto de televisión pública. Yo también.

¡¡Grande, Ana!!

Pocos de nosotros soportamos la hemeroteca. Cualquier personaje público con una carrera más o menos dilatada sufriría ante el análisis de sus declaraciones en tiempos pasados. La información se recicla, y la sensación de vivir en un déjà vu constante se convierte a veces en obsesión.

Cuando trabajaba en el Gabinete de Prensa del Gobierno de Cantabria tuve que dedicar una semana de mi tiempo a investigar en la biblioteca. Mi tarea entonces consistía en encontrar en los archivos de la prensa regional unas supuestas declaraciones del Presidente Miguel Ángel Revilla sobre el Pantano del Ebro.

El líder regionalista estaba a punto de inaugurar el bitrasvase del Ebro-Besaya, y quería demostrar en su discurso que él ya había reivindicado la importancia de esa infraestructura hacía más de veinte años.

No contaba con una indicación temporal exacta, por lo que me repasé TODOS los periódicos de la época de arriba a abajo. Me leí en una semana el equivalente a un año, y aunque encontré alguna que otra mención al tema, no unas declaraciones tan rotundas como las que me exigían.

De todas formas, lo recuerdo como una experiencia positiva, que me permitió conocer mucho sobre la historia de Cantabria, al menos, en el terreno político. Soy joven, y el repaso a la hemeroteca me proporcionó una visión más amplia sobre los personajes que nos gobiernan.

Muchos de ellos ya estaban entonces. Tal vez no con las mismas siglas o con los mismos argumentos, pero estaban. Ocupaban su espacio en la vida pública de nuestra región y lo mantienen décadas después.

Hoy he recordado esta anécdota después de leer en la web de Radio Televisión Española que una portada de Diario YA adelantaba los principales asuntos de interés de esta jornada.

El 7 de abril de 1974 ya era noticia Libia, y el coronel Gadafi centraba la atención dentro de la actualidad internacional. En nuestro país, se debatía sobre los nuevos límites de velocidad en las carreteras, preocupaba el derroche energético y la situacion de la economía era crítica.

Los periodistas nos pasamos la vida hablando de momentos históricos, noticias para recordar y hechos que cambiarán el mundo, y luego resulta que todo ha pasado anteriormente. Por algo suelen decir que los que no conocen su historia están condenados a repetirla.

Las públicas

Publicado: 17 noviembre, 2010 en Periodismo, Radio, Televisión
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Esta semana he leído dos noticias sobre las televisiones públicas que me han hecho pensar. Una de ellas, titulada “Adiós a la frase del día de los políticos”, explicaba como, hasta ahora, un pilotito rojo servía para avisar a la clase política cuál era el momento preciso en el que tenían que pronunciar su eslogan. Indicaba el instante en el que TVE conectaba en directo con el mitin en el que estaban participando.

Eran unos segundos de gloria para los oradores. El momento que estaban esperando para ‘vender’ sus ideas. Pero estamos hablando en pasado, porque esa luz chivata parece haber pasado a la historia. Al menos, en los telediarios de TVE.

La pública cree que deben ser sus PROFESIONALES de los servicios informativos y no los diferentes partidos políticos los que decidan el ‘total’ que se incluye en cada vídeo de un mitin.

La dirección de RTVE se compromete, en cambio, a incluir una pieza editada con lo más reseñable del evento en cuestión.

Un aplauso. Un paso más, y ya son varios, hacia la INDEPENDENCIA. Los cambios que se vienen produciendo en los últimos años en RTVE parecen definitivos. Sus trabajadores parecen LIBRES.

Que sea la definitiva, porque creo en los medios de comunicación públicos de calidad y con una clara función social.

La otra noticia es mala. Hablaba del “derroche”, de las deudas que están hundiendo a las televisiones públicas autonómicas. Además, a ese agujero negro en sus presupuestos debemos unir, en la mayor parte de los casos, la manipulación y las interferencias políticas que sufren estos canales en prácticamente todas las comunidades autónomas.

Cantabria no tiene televisión pública. Ni radio. Parece, incluso, que estamos lejos de tenerlas, teniendo en cuenta las declaraciones reiteradas de los principales responsables políticos de la región. Y me alegro.

Es cierto que sería muy útil en determinados aspectos, y, desde el punto de vista profesional, una oportunidad más en el futuro.

También es cierto que en Cantabria no tenemos televisiones privadas con la suficiente capacidad económica para convertirse en relevantes. Quizá sería una buena opción que el Centro Territorial de RTVE tuviera una mayor repercusión para cubrir ese hueco.