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Merkel_Papandreu_SarkozyLos griegos están perdidos. Ya no pueden elegir siquiera entre susto o muerte porque las medidas que ha tomado su Gobierno en los últimos meses y los ajustes que deberán acometer para plegarse a las condiciones impuestas por las autoridades económicas y financieras mundiales les han dejado sin aire. Después de un buen puñado de huelgas generales, protestas en las calles y la casi paralización del país, los ciudadanos helenos viven en la mayor de las incertidumbres.

Solemos tirar de metáforas y frases hechas para hablar de la crisis. Una de las más empleadas por los tertulianos y columnistas españoles viene a decir algo así como que los griegos se hicieron trampas jugando al solitario. Se facilitó su entrada en el euro, el maná hace no tanto tiempo, con unas cuentas maquilladas y una deuda no reconocida por el anterior Ejecutivo conservador dirigido por Kostas Karamanlis.

Desde su llegada al poder, Yorgos Papandreu ha tenido que lidiar con una situación ingobernable dentro de su país y con los mandamases del Fondo Monetario Internacional, del G-20 y de la Unión Europea apretando cada vez más fuerte sobre su cuello. Los informativos de todo el planeta abren sus ediciones con cada declaración “sospechosa” del Primer Ministro griego.

Ahora, Papandreu ha tomado la iniciativa y ha dejado en evidencia a los “salvadores” de la economía global. Merkel, Sarkozy, Barroso, Junker o Lagarde, entre otros líderes de poca monta, sufren las consecuencias del órdago griego. Nos dicen que no hay alternativa, que o el rescate o el caos, pero parece evidente que si toda la economía mundial depende de lo que decida un pequeño país en referéndum es que el sistema financiero actual es insostenible.

Papandreu no es inocente. La posibilidad de que se celebre una consulta popular roza la demagogia. Probablemente haya pensado que es mejor dimitir (o que le dimitan) y pasar a la historia como el líder que se enfrentó a los poderosos que no como el político que firmó la sentencia de muerte de la Grecia moderna. De todas formas, su gesto supone un golpe sobre la mesa y quita la careta a las autoridades europeas.

De lo que se está hablando no es del rescate griego, sino de la salvación para los bancos alemanes o franceses, por ejemplo. Es recurrente la necesidad de tranquilizar a los mercados, pero las responsabilidades y la búsqueda de culpables se aplaza constantemente. Nos dirán que no volverá a ocurrir, pero estamos poniendo las bases para años de recortes. Los culpables manejan la situación y nunca tienen suficiente. Tratan a los ciudadanos como verdaderos analfabetos financieros mientras insisten en que la crisis fue un desgraciado accidente.

El poder político ha desaparecido y son los lobbys económicos los que mueven los hilos. Papandreu se inmola, pero con él puede llevarse por delante a muchos. Nos acercamos a los momentos decisivos. Lástima que no se trate de una ficción, porque tiene todos los ingredientes de una buena tragedia griega.

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Ayer se cumplió un mes desde que escribí mi último artículo en Ideas Efímeras. Si no me equivoco, es el periodo más largo sin actualizar este blog y me muero de remordimientos.

No ha sido una decisión premeditada. Me he pasado todos los días por aquí, aunque sin la motivación suficiente como para lanzarme a opinar sobre los temas que me interesan. Y todo esto, sorprendentemente, en un momento en el que sobran cuestiones a las que dedicar mi tiempo.

Me sigue interesando la política, aunque no me he ocupado del fin de la campaña electoral y de los no tan sorprendentes resultados en las elecciones autonómicas y municipales del pasado 22 de mayo. Me podría haber ocupado de las “primarias” del PSOE o de la llegada al poder en Cantabria de Ignacio Diego.

Un poco más farragoso pero también interesante hubiera sido comentar la situación de Grecia, un país acosado por la Unión Europea y por un Fondo Monetario Internacional que ha tenido que cambiar de director gerente porque, supuestamente, el “socialista” francés Dominique Strauss Kahn no supo “controlar sus impulsos”.

Las movilizaciones ciudadanas que se han producido en España desde el 15-M y que se siguen extendiendo cuentan con mi simpatía y con mi apoyo, de momento, incondicional.

Me preocupa el Racing de Santander, he disfrutado con el sexto Roland Garros para Rafa Nadal y con el segundo Giro de Italia para Alberto Contador. Reconozco que la cuarta Champions League para el Barcelona de Guardiona me motiva un poco menos.

Música, cine, televisión o redes sociales. Ni la mal llamada crisis de los pepinos me ha hecho saltar del sillón para salir de mi ostracismo.

Y lo hago hoy, en la jornada en la que se conoce al nuevo Ejecutivo autonómico de la tierruca y en la que se celebra el Debate sobre el Estado de la Nación porque estoy HARTO de una nueva “moda”. Me he cansado de oír hablar de la maldita austeridad.

Y es que esta palabra se ha impuesto en el vocabulario actual. Ahora todo es austero: las tomas de posesión, los gobiernos, las medidas económicas, los discursos, el catering… Hablan tanto de la austeridad que han desgastado el término, lo han vaciado de contenido y se ha convertido en un concepto absolutamente estéril.

Para la RAE, ser austero significa “ajustarse a las normas de la moral, ser sobrio, sencillo y sin ninguna clase de alardes”, pero también en el diccionario leemos que la austeridad es “una mortificación de los sentidos y de las pasiones, algo agrio,  áspero al gusto, mortificado y penitente”.

Que no nos engañen. La buena administración de los recursos públicos es una obligación para la clase política. Encontrar las soluciones a nuestros problemas y no generarnos más de los que ya tenemos es su trabajo.

No podemos pagar sus errores.

Parece que las revueltas en el mundo árabe no cesan. Después de un pequeño parón, al menos en lo mediático, los ciudadanos de Siria o Yemen están consiguiendo de nuevo la atención internacional con sus protestas.

Una buena noticia: No todo es el petróleo libio y la guerra contra Muamar el Gadafi. Hay muchos dictadores contra los que rebelarse, contra los que salir a la calle. Cuando no tienes nada que perder, solo tienes que superar el miedo.

Desde los países occidentales estamos actuando con la doble moral que nos caracteriza. Salvo el inefable Aznar, todos los líderes mundiales han tenido unas palabras de apoyo para estas revueltas que buscan una apertura democrática imprescindible.

Palabras de apoyo. Sobre todo, eso. Palabras.

Porque Europa, aunque no lo parezca, está muy cerca de África. Demasiado cerca, para algunos. Y comenzamos a notar las consecuencias.

Desde el comienzo de la revolución en Túnez, en Egipto, en Libia, Italia ha recibido varios miles de inmigrantes de estos países. Ciudadanos desesperados, que se la juegan en busca de una vida mejor. Como haríamos cualquiera de nosotros si nuestras circunstancias personales así nos lo exigieran.

La pequeña isla de Lampedusa, a escasos cien kilómetros de la costa africana, ha recibido en las últimas semanas tal cantidad de refugiados que su población se ha visto multiplicada por tres o por cuatro, según quién aporte los datos.

Las autoridades italianas, siempre tan ocurrentes, han decidido conceder permisos de residencia temporales para quitarse el “problema” de encima. Con ese documento, sus portadores tienen libertad para moverse por Europa. Supuestamente.

Nicolas Sarkozy y Silvio Berlusconi, Francia e Italia, tanto monta, monta tanto, se han enfrascado en los últimos días en una guerra diplomática con el tratado de Schengen y la posibilidad de una suspensión provisional de este acuerdo que permite la libre circulación por Europa como excusa.

La extrema derecha se extiende por el continente. El miedo, también.

Mientras, ¿dónde están los responsables de la Unión Europea? ¿Dónde está Herman Van Rompuy? ¿Dónde está Catherine Ashton? ¿Qué opinan de este asunto? ¿Tienen opinión? ¿Sirve de algo lo que opinen?

Hasta que resolvamos estas dudas, me quedo con la versión española. Diego López Garrido, Secretario de Estado para la Unión Europea decía lo siguiente en una entrevista de radio: “No vamos a tomar ninguna decisión al respecto”.

Muy bien dicho. ¡Para qué! Si Europa funciona…

Con Japón temblando, literal y metafóricamente, en plena tragedia, contando y recontando a sus víctimas, a sus muertos, a sus desplazados, con el país inmerso en el desastre tras el terremoto y posterior tsunami, los ciudadanos nipones se enfrentan ahora a una amenaza nuclear inminente.

Las autoridades japonesas insisten en que sus centrales nucleares aguantan, que están preparadas para superar los efectos del seísmo y sus réplicas. Mientras dicen esto, las explosiones se suceden, evacuan a los vecinos en un radio de 20 kilómetros de Fukushima-1 y los componentes radioactivos se detectan incluso en Tokio, dónde viven alrededor de doce millones de personas tirando por lo bajo.

Algunos iluminados descubren ahora el riesgo de la energía nuclear. Otros se esconden, a la espera de momentos mejores para tan lucrativo negocio. Los menos, rectifican. Ahí tenemos a la canciller alemana Angela Merkel, legislando a golpe de tragedia.

Su compatriota, el comisario de Energía de la Comisión Europea, Günther Oettinger, ha calificado este martes de “apocalipsis” el accidente en la central nuclear de Fukushima provocado por el terremoto que afectó a Japón el pasado viernes, y ha asegurado que “casi todo está fuera de control” en esa planta. Tranquilizadoras palabras.

Además, y esto no sé si es una buena o una mala noticia, los países de la Unión Europea y la industria nuclear han logrado hoy un “consenso” para someter a las centrales nucleares europeas a pruebas de resistencia para comprobar su seguridad.

¿Y en España? Pues también hay reacción. Todos quietos: El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha decidido crear un “grupo de seguimiento” de la situación en Japón.

Por su parte, el “guiño a la izquierda” en la última remodelación del Ejecutivo central, la excomunista, exdirigente de Izquierda Unida, exalcaldesa, y execologista Rosa Aguilar, actual ministra de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino, ha dicho que “no es el momento” de analizar la política nuclear del Gobierno. Tal vez porque no existe. Sólo tal vez.

En estos momentos, todas estas declaraciones y las decisiones tomadas al respecto son pura demagogia nuclear.

Espero que los peores augurios no se confirmen. Es cierto que lo ocurrido el pasado viernes en Japón es prácticamente inevitable, pero no podemos hacernos los sorprendidos por el peligro evidente de las centrales nucleares.

Y un último apunte. Con la comunidad internacional volcada en la tragedia japonesa, perdemos de vista el genocidio que se está llevando a cabo en Libia.

El dictador Muamar el Gadafi está de enhorabuena. Si tras un mes de protestas, enfrentamientos y muertos, los líderes mundiales han sido incapaces de evitar la masacre, ahora, que los focos giran hacia Japón, el futuro de las revueltas árabes y el proceso democratizador en el mundo árabe peligra.